La dimensión material en la pintura
Sobre el proceso de trabajo con papeles, pigmentos y el pensamiento de la pintura.
El territorio íntimo de los materiales no es otra cosa que una “dimensión del pensamiento” en el juego de posibilidades estéticas que enlazan la materia y la idea (Siracusano, 2008).
El primer proyecto que abordé pensando el material de manera intencional fue La creciente. El uso del carbón introducía una nueva capa de sentido en la obra. La presenté a comienzos de 2020 y, meses después, en septiembre, el río se volvió negro cuando la creciente arrastró cenizas de los incendios en las sierras. La obra siguió acumulando nuevas resonancias.
Hace tiempo comencé a leer sobre la obtención de pigmentos a partir de plantas. La veía a mi mamá, tejedora, obtener color de distintos materiales vegetales para teñir sus lanas. Mi inquietud era principalmente volver a trabajar el color. Tomé diferentes yuyos, carquejilla, suico, vara de oro y cortezas de distintos árboles, aguaribay, tala, espinillo y molle, con los cuales conseguí diferentes colores que pueden verse en la bitácora. Con estos pigmentos me introduje primero en la elaboración de tizas. Se trata de tomar el pigmento y, sin ningún otro tipo de carga, modelarlo con agua y dejarlo secar. Al ser también un material seco, solicitaba un gesto similar al del carbón y la carbonilla, con los cuales realicé algunos dibujos, entre ellos El aguaribay.
Después de probar con las tizas decidí pasar a preparar acuarela, pensando en hacer algunas pinturas al aire libre. Aprendí a elaborarla en cantidades durante una práctica en el proyecto de restauración del Teatro San Martín (2018), ya que todas las intervenciones sobre muros y techos se realizaban con pintura al agua, poco agresiva y fácil de remover.
También hicimos una incursión en la cátedra de Técnicas y Materiales en Pintura, en primer año de la facultad, donde luego participé como profesora adscripta durante otros dos años. Con toda esta información, sumada a otras lecturas en libros e internet, comencé a trabajar un poco afuera, al aire libre, otro poco en la cocina y otro tanto en el taller, con una bitácora como bisagra entre idas y venidas.
Las superficies donde las cosas suceden
Si miro mi trabajo previo, en las muestras o proyectos que he realizado, siempre la acuarela parece acompañar a la pintura al óleo o al acrílico. Los óleos se exhiben grandes en las paredes, en cambio las acuarelas son pequeñas y están en cuadernos o papeles ubicados en alguna vitrina o mesa. Por eso me pareció una buena idea, en esta oportunidad, dar vuelta los roles y poner la acuarela en otro sitio.
Mis decisiones para esta instancia estuvieron orientadas por la premisa principal de mantener una actitud experimental. En un principio también consideré la opción de intervenir directamente el muro con tiza, pero por cuestiones de logística lo descarté. Esto me llevó a decidir trabajar con acuarela sobre papel, en formato mediano, y construir una pintura instalativa a base de la acumulación de módulos.
El entusiasmo por la selección de la acuarela como materia pictórica tuvo que ver también con la afinidad que tengo con el trazo fluido que habilita el material, el agua.
La elaboración de mi propia pintura me llevó a pensar en la acumulación de material como acción. Juntar materia prima para elaborar pigmentos es una práctica que incorporo a la toma de fotografías o a la pintura al aire libre. Se convierte en otra manera de acumular información, siempre en cantidad. Por otra parte, este proceder me brindaba la posibilidad de una apertura hacia el entorno, dejando que, en cierto modo, la naturaleza tomara sus decisiones. La naturaleza me brindaba sus formas y gestos, pero también sus colores. Fue una de las etapas centrales que me hicieron profundizar en lo que el lenguaje de la pintura podía implicar más allá de lo que puede ser la pura imagen visual. En la potencia del vehículo material.
“Una imagen se torna eficaz cuando su propia materialidad no sólo acompaña sino también construye sentido. Si, como ha insistido Michel Foucault, ningún enunciado puede darse sin la presencia de una voz, de una superficie, sin hacerse cuerpo en un elemento sensible y sin dejar rastro en un espacio o, aunque más no sea, en una memoria” (Siracusano, 2008).
En la obra final, la acuarela sobre el papel no oculta su condición esencial ni busca crear una ilusión; la superficie y el espacio se construyen en su presencia. El trabajo se encuentra a medio camino entre el “en lugar de” una imagen y “estar y ser” materia (Siracusano, 2008), en ese vaivén entre el devenir relato o devenir forma pura.
En un principio mis dudas estaban en la perdurabilidad de la obra, en hacer un proyecto tan grande que luego no se sostuviera en el tiempo, al escapar del bastidor y trabajar con una pintura que iba a preparar personalmente, sin aditivos o conservantes, sobre un papel que no era especial para acuarela, ni de alto gramaje, ni con algodón, ni libre de ácidos, en fin, con ninguna de las características esperadas para un papel de acuarela o para una pintura óptima. De repente me pregunté si eso en este momento me interesaba.
Pensé que, al tratarse de una propuesta en gran medida experimental, se perdía necesariamente algún aspecto, pero esperaba encontrar algo. Fue una decisión en muchos sentidos liberadora: el trabajo se volvió más liviano y fluido, tanto desde lo material como en lo procesual.
El papel elegido es el papel de seda: muy fino y semitransparente, se marca y se arruga, y hay que tratarlo con mucha delicadeza. Utilizar este papel hizo que la primera impronta tomara relevancia: la pincelada se volvió huella. En este papel el agua no se absorbe y no corre, por lo que no hay posibilidad de retocar el trazo que se hizo. Trabajar de esta manera me permitió explotar la acuarela en su simplicidad o complejidad, según cómo se la mire. La liviandad de la acuarela y del papel construyen el espacio con un clima de cierta fragilidad.